Messi y Luis Suárez predican en el desierto

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                                            Luis Suárez, en la acción del gol del Barcelona

Ni llovía. Ni hacía viento. Tampoco el frío era el que destrozó a la Wehrmacht en la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el Barcelona dio su primer paso hacia la que sería su quinta final de la Copa del Rey consecutivaen un Camp Nou de aspecto desolador. Apenas 50.000 espectadores en un estadio con un aforo de 99.000. La segunda peor entrada de la temporada, en una semifinal copera y frente al Valencia, el tercer clasificado de la Liga. Messi, que quizá no entienda nada, se vio predicando en el desierto. Y, visto el resultado, poco le importó. Una conexión con Alba, acompañada de un fenomenal centro desde la línea de fondo al que ningún defensa supo dar réplica, permitió a Luis Suárez el gol que pone en ventaja a los azulgranas en la eliminatoria. [1-0: Narración y estadísticas]

A buen seguro, a Marcelino García Toral le han contado que el Valencia hace 10 años que no conquista título alguno. Y que aquella primavera el equipo, incluso, estuvo a punto de bajar a Segunda. También sabrá el técnico que los despachos de Mestalla han visto pasar durante la última década a tipos siniestros, especuladores inmobiliarios, algún que otro soñador y, por último, a un antiguo corredor de bolsa que debió ver que de allí aún se podía hacer negocio. Por eso, a Marcelino, que llegó a un club que estaba hecho unos zorros para devolverle al que había sido su hábitat, nadie podrá reprocharle su exceso de responsabilidad. Por supuesto, no iba a ser él quien imitara aquel esperpento perpetrado hace justo dos años, también en una semifinal de Copa en el Camp Nou, cuando Gary Neville arrastró a los suyos hacia un ridículo insoportable (7-0). El Valencia, pese a las dificultades, continúa vivo en el torneo.

Marcelino, a los 10 minutos, sacó una mano del bolsillo para agitarla ante sus hombres. La señal parecía inequívoca. Sus futbolistas debían subir líneas. La realidad del partido indicaba otra cosa. El Valencia llegó con un plan claro al estadio barcelonista. Su 4-4-2 debía evitar a toda costa la construcción para limitarse a la contención. Aunque ello costara un sobreesfuerzo o limitara sus opciones de marcar un gol en campo rival, siempre clave en este tipo de eliminatorias. Vietto y Rodrigo, los atacantes, corrían sin saber muy bien por qué.

Laberinto de Marcelino

La propuesta del Valencia incomodaría de mala manera al Barcelona, al que su dominio del balón no le ofrecía, en este caso, ventaja alguna. Sobre todo porque los azulgranas se hartaron a fallar controles y pases. Como si domar el balón del próximo Mundial de Rusia con el que se disputó el partido, el llamado Telstar 18, fuera poco menos que una utopía. Ya se sabe, no hay juguete nuevo que no traiga consigo alguna penuria.

Mientras el Valencia trataba de abrigar a Paulista y Vezo ante las ausencias por lesión de Garay y Murillo, el Barcelona buscaba la manera de encontrar la salida al laberinto.

Valverde continúa dándole vueltas al encaje de Coutinho con Iniesta. Esta vez, el técnico optó por dejar al fichaje más caro de la historia del Barça en el banquillo para que fuera Aleix Vidal quien ocupara el extremo diestro. Pese a los esfuerzos de este último, aquello no funcionó. En el otro costado, Sergi Roberto asomó para propinar una fea patada a Pereira, al que dejó fuera de combate. Debió ser expulsado. ¿Y en el centro? Se acumulaba el tráfico con un Umtiti, un titán, preparado siempre para toda urgencia.

Se activó Valverde, reclutó a Coutinho para que se desplegara primero por la derecha, después -ya sin Iniesta- por la izquierda, puso a calentar a Paulinho y, con el Valencia cada vez más asfixiado, Messi dijo basta. Con todo, entre el jovencísimo Ferran Torres y Santi Mina casi le dan la noche a Cillessen en el ocaso. No fue día de difuntos.

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